La ternura de asistir al crecimiento

La ternura de asistir al crecimiento

La mejor manera para definir la relación que se forja a AINA entre los monitores y las monitoras y los niños es la figura de la rueda. Una rueda que no para de girar en ningún momento. A vueltas debe superar baches en el camino. A vueltas gira suave y constante.

Pero nunca deja de girar.

El cambio de la Casa a la Borda más intenso, pero a la vez menos visible para alguien externo a AINA, es el respeto que se palpa en los momentos más especiales del turno. Sin duda, el punto álgido es la acampada de la segunda semana. Una excursión de tres días que intenta —y consigue— hacer meter en un puñado de horas a la montaña todo lo que se vive durante las dos semanas de Borda.

La última noche de la acampada es en la que se ve el cambio que se ha producido en todos y cada uno de los niños. Después de casi diez días, están preparados para vencer los miedos intrínsecos de la edad que tienen y abrirse a compañeros que ayer eran desconocidos y al día siguiente serán familia.

A AINA, como en la vida, todo son etapas. Estas no se pueden quemar, y hasta que no se ha vivido la totalidad de una etapa, no se está preparado para pasar a la siguiente y poder aprovecharla y disfrutarla. Los protagonistas de la etapa de Borda y de la edad que tienen los niños y niñas que lo ocupan ya no son los juegos ni las dinámicas que sirven únicamente para divertirse. Las confesiones, los miedos, empezar a entender los defectos y ser capaz de hacer despegar las virtudes van ocupando el espacio que corresponde a medida que la madurez se abre camino.

Los monitores vivieron estos momentos de incertidumbre y fascinación a partes iguales cuando eran ellos los que ocupaban las literas de la Borda. Entonces otros monitores los acompañaron en la difícil tarea de empezar a entenderse a uno mismo. Ahora son ellos los guías —nunca la autoridad moral— que han de conseguir que los niños, cerca del calor de la última hoguera lejos de AINA, inicien el gran reto de empezar a entender quiénes son y cómo quieren ser.

Dentro de unos años serán los niños y niñas de la Borda los que escuchen de las reflexiones de los niños que hay que aprovechar cada momento con los seres queridos, porque cualquiera puede ser el último. Sonreirán cuando alguien diez años más joven que ellos repita todo detalle la frase que dijeron la última noche de su acampada.

Entenderán el valor del respeto y estima por los demás que descubrieron ya hace tantos años. Serán conscientes de los pilares de la vida y de lo importante que es superar el miedo a abrirse a los demás y crear un sentimiento de comunidad que ya nunca olvidarán. Mirarán al lado y verán un viejo compañero de Borda con quien emocionarse juntos. Se darán la mano y observarán, aguantando la mezcla de nostalgia y amor profundo hecha lágrimas de ternura, como unos nuevos niños crecen de la mano de la educación en el tiempo libre que les ha hecho ser como son.