Compartir el sufrimiento para disfrutar juntos

Compartir el sufrimiento para disfrutar juntos

De primeras y sin vacilaciones. Caina es indescriptible si no se vive. Partiendo de esta premisa anclada en las cimas más altas de Andorra y perdida de nuevo al bajar a la desdibujada civilización, esperando un año entero para aparecer nuevamente y trastocar —en el sentido más positivo del término— los nuevos niños y niñas que recorrerán Andorra por las alturas.

Según un monitor que se iniciaba en Caina y que ya está enamorado del campamento itinerante, se define únicamente con tres palabras cargadas de sentido y sentimiento.

Miedo. Disfrute. Satisfacción.

Si preguntáramos al resto de monitores y monitoras, estas tres palabras bailarían entre sinónimos y palabras significativamente parecidas, pero sirven para describir las etapas que viven pequeños y grandes durante una intensa semana.

Los paralelismos entre los sentimientos del equipo de monitores y monitoras y las fases que atraviesan los niños y niñas en siete días son el argumento y el motor de cambio de Caina.

“La generación más social de la historia tiene dificultades para crear vínculos emocionales”, reflexiona uno de los monitores más veteranos. Los niños y niñas, ya adolescentes una vez han dejado la Borda, llegan con mochilas cargadas de miedo, desprendiendo joven solitud y las hebillas llenas de distancia emocional.

Los primeros días restan marcados por la separación entre los que ya se conocen y valoran la convivencia en comunidad por encima de la montaña y los que las ganas de convivir con la montaña los empuja a iniciar el viaje inmersos en las preguntas que acompañan la solitud.

A pesar de todo, el miedo se disipa con la primera grieta que recibe la armadura con la que llegan a Caina. La provoca la dureza de compartir camino, sufrir en grupo y verse reflectado en un espejo de realidad manchado por gotas de sudor que disfrutan más a medida que se acerca la cima. El último golpe lo atestan las espaldas encorvadas por el peso, las consiguientes frases de ánimo susurradas con un hilo de voz. A partir de este punto, el egoísmo individualista empieza a perder la batalla mientras las preocupaciones propias huyen de la cabeza de los niños y niñas para dar paso al desconocido pero placentero sentimiento de colectividad.

Una vez la vergüenza ya no tiene más significado que el recuerdo de un mal dejado atrás en la primera curva del camino, los monitores y monitoras abandonan la autoridad para dejar paso libre a la autosuficiencia y la autonomía de los niños y niñas de Caina. El disfrute de ver crecer sin más cuerdas de seguridad que una cierta guía de los mayores, llena de júbilo los que se han echado al lado.

Todo pasa, los primeros días, por los de tercer año. Si los de último año funcionan, el campamento itinerante no tropieza en las piedras de los senderos. A partir del momento en que las piezas del engranaje encajan, nace la comunidad que tiene que empujar el grupo hasta todas y cada una de las cimas que se tienen que alcanzar para poder seguir caminando.

La satisfacción final, como última etapa, llega con la vista que da la infinidad de posibilidades oteando el horizonte. La cultura del esfuerzo que resulta de la colectividad conseguida en el camino compartido, es el legado que se llevan unos adolescentes que el día de mañana guiaran la búsqueda de respuestas de los más pequeños.