Empezar a ser uno mismo

Empezar a ser uno mismo

Esta es la tercera entrega de una serie de pequeños artículos explicando las excursiones de AINA, desde la primera que se hace en la Casa, hasta las que se hacen en Tamarros y las cumbres que se conquistan a Caina, pasando por las que se llevan a cabo en la Borda.

 

Cuando los niños y niñas llegan a AINA y en lugar de bajar la rampa que lleva a la Sala Verde cruzan el campo de fútbol para dejar las mochilas entre Bordes, saben que están empezando a hacerse mayores.

Ya no duermen en la Casa, tienen habitaciones con baño y mesa. Y sobre todo, sobre todo, son pre-adolescentes. Esta etapa de la vida en que los padres y madres ven como sus hijos e hijas quieren ser grandes, sin pasar por la juventud. AINA y la Borda se la dan.

El primer día de Borda, más allá de los reencuentros y de elegir habitación, el gran tema de conversación son las patrullas. Durante las dos semanas del turno, habrá ciertas dinámicas que se harán en grupos reducidos. Cada monitor tiene una patrulla. Cada patrulla tiene un monitor. Y por muchos años que pasen, tanto unos como otros recordarán de qué patrulla formaban parte.

La actividad estrella, sin duda, es el juego de las 24 horas, en que las patrullas se enfrentarán durante un día entero en varias pruebas. Pero antes de llegar a este momento, las patrullas deben conocerse, interactuar y llegar a convertirse en un núcleo inalienable.

Esto comienza a alcanzarse en la excursión de patrullas. El segundo día de turno cada patrulla hace su propia excursión y acampa lejos de las otras. Al día siguiente se reencontrarán todas y harán una segunda noche de acampada antes de volver a AINA. La primera noche es el inicio de todas las historias. Algunas, incluso, llegarán a materializarse en grupos de monitores que habiendo compartido patrulla como niños, repiten juntos años más tarde.

Según una de las monitoras que este año se ha iniciado en la acampada por patrullas, la palabra para definirlo es vida. Vida porque los niños de la Borda comienzan a pensar por sí mismos y los monitores comprueban como, con su propia experiencia, pueden ayudar a poner en orden sus pensamientos. Vida porque los niños de once a catorce años empiezan a coger roles dentro del grupo. Vida porque nacen amistades. Vida porque se vencen miedos.

Los monitores también deben vencer miedos. Sólo es el segundo día de turno y la mayoría se van solos con un grupo de jóvenes a la montaña. El estómago les pregunta si están seguros de que todo el grupo se avendrá. Si no habrá problemas allí arriba. La cabeza les dice que puede pasar de todo. Pero el corazón y la memoria les recuerda que ellos han pasado por eso, y que conocieron los otros monitores que ahora están esparcidos por el valle en una acampada por patrullas como la que están a punto de empezar.

En esta excursión los niños ven recompensada el ansia de madurez que reclaman en casa y hablan sin miedo en torno a una pequeña hoguera. A veces no necesitan ni los monitores, que lo miran desde una distancia prudente, orgullosos del trabajo que llevan a cabo durante el verano. Los monitores, durante esta primera noche de patrullas, ya vislumbran qué niños querrán ir a Caina o a Tamarros y, antes de decirles que vayan a dormir, ya tienen claro qué niños y niñas acabarán siendo monitores.